EL NUEVO FEMINISMO

Y ahora... la revolución por llegar
(artículo extraído de www.zapataplus.blogspot.com)

Peleando entre las garras de un signo de interrogación, el reciente nacimiento de la Infanta Sofía mediante una cesárea sin aparente justificación, me suscita la misma pregunta que generación tras generación se plantean sus moradores: ¿Qué se hace primero la guerra o la revolución?. Ni la respuesta A ni la respuesta B alberga la verdad absoluta de dicha cuestión. Pero lo cierto, es que nuestra preciosa Infanta -ajena a guerras y revoluciones- no nació... la nacieron. Fue -así lo diría alguien que se considere modernopensante- un parto perfecto.

Tras el ejercicio casi imposible pero conseguido de empatizar con la psicología de un escaparate, no hay que ser demasiado hábil de mente para concluir que el parto que dio como fruto a nuestra pequeña Sofía ya está expuesto como modelo a seguir por el orbe: otra versión del aquí te pillo, aquí te mato. Situación, ésta, que no parece importar a la mayoría de mujeres, que bastante tienen con soportar ese molesto trance para que encima la cosa se alargue más de lo previsto. La igualdad -como la pintan- también consiste en renunciar a ciertos "privilegios" como parir, amamantar o criar: cualidades, todas ellas, tan molestas como anacrónicas. Tras esto, mi pregunta se va aclarando... la revolución, toca la revolución.

El espiral de la propia sociedad hace de la mujer la gran pagana. Una vez ganada la guerra y conseguida la igualdad entre sexos que proclama la Constitución del 78, es la propia mujer la que se está viendo desprovista de esas señas de identidad que la distinguen como género. Esto, sin embargo, sucede con el beneplácito de la mayoría de ellas.

Y ahí radica el error: en acomodarse en la igualdad y pararse en seco; como si hubiera que hacer tabla rasa entre sexos para no hallar diferencia alguna. Esto prueba que la revolución femenina todavía está por llegar: aquella revolución que suelte cabos con el obsoleto y arcaico movimiento feminista y se atreva a ensalzar realmente las cualidades del género femenino, que lo dote de orgullo individual al margen del masculino y que proclame, por qué no, su superioridad respecto a aquél por ser capaz de vivir experiencias naturales fuera del alcance del hombre. También, la verdadera revolución femenina debería ir dirigida al rechazo de todo aquello que signifique una igualdad por cuota, ya que no hace más que ahondar en la injusticia y la infravaloración del género. La política de cuota es, simplemtete, poner coto y marcar unos límites inaceptables que la mujer segura de sí misma debería rechazar de pleno.

Con el aplauso complaciente hacia esta medida -impulsada, no lo olvidemos, por hombres- se derrumba la estructura del viejo movimiento feminista que, acomodado, se muestra, a ojos del crítico sin prejuicios, como un movimiento antiguo y desfasado que ya no tiene nada que transmitir a la mujer más allá de sus viejas luchas nostálgicas; y que sólo se mantiene en primera línea gracias a su afinidad con los intereses ideológicos del Gobierno que, más que pensar, divaga mientras entra de lleno en un relativismo moral que amenaza con contagiar cuanto toca.

Una de las posibles vías de escape a esta situación es aquella que fomenta acciones para hacer que la mujer crea en sí misma, tome conciencia de su género en toda su extensión y acepte con orgullo sus características propias al margen de patrones que pretendan imponerse como oficiales y sin alternativa posible, dirigidos, al parecer, a aniquilar unos sentimientos que, por mucho que nos esforcemos, los hombres jamás llegaremos a comprender en su total dimensión. Parir y amamantar son placeres que la naturaleza sólo ha tenido a bien dotar a la mujer. Sortear la esencia y darle la vuelta como si se tratara de un calcetín llevaría a muchas mujeres a caer por sorpresa en el sentimiento de culpabilidad. El instinto, por mucho que nos esforcemos, no se doblega así como así.

En ese sentido emergen, jóvenes pero recias, una serie de asociaciones o plataformas que, lejos de comulgar con el clásico y desfasado padrenuestro feminista -aquél que entonan a coro, cual tribu del Shael, toda la patulea del "ista, ista"- ofrece nuevas fronteras mucho más ambiciosas y que chocan frontalmente con el ambiente relativista creado en torno a los sentimientos y virtudes exclusivamente femeninos, y que parece justificar su lapidación por motivo de higiene mental y comodidad social, arrinconándolos como si se tratara de bichos retrógrados y desfasados.

Pero ante esto, como digo, ya hay indicios de bravas reacciones y corrientes rebeldes que trabajan por y para despertar en la mujer los instintos básicos propios de su género, mostrando, sin complejo alguno, que eso no significa ni dar un salto hacia el pasado ni volver a aceptar el fatal rol de inferioridad sino todo lo contrario. Significa, por tanto, el ensalzamiento de la mujer más allá de los fáciles mercadeos de sus más profundos sentimientos.

En definitiva, el inconformismo a la hora de aceptar el término "igualdad" en valores absolutos.

¡Ha llegado, por tanto, el momento de tenerlo todo!

Sí, una vez ganada la guerra, ahora toca la revolución.